Tuesta las avellanas. Hornéalas 8–10 minutos a 180 °C. Frótalas con un paño limpio para quitarles la piel.
Haz el caramelo. En una sartén, derrite los 100 g de azúcar a fuego medio, sin remover (solo mueve la sartén), hasta que tenga color ámbar. Añade las avellanas, mezcla rápido y vierte sobre papel de horno o una lámina de silicona. Deja enfriar 30 minutos hasta que endurezca. Cuidado: el caramelo quema.
Muele el praliné. Rompe el caramelo en trozos. Reserva unos 50 g y pica en trocitos para el crocante. Procesa el resto en un procesador de alimentos varios minutos, parando para raspar las paredes, hasta obtener una pasta (praliné).
Calienta los lácteos. En una cacerola, calienta la leche, la crema de leche, la vainilla y la sal hasta que humee, sin hervir.
Bate las yemas. En un bol, bate las yemas con los 80 g de azúcar hasta que estén más claras.
Templa. Vierte un cucharón de leche caliente sobre las yemas, batiendo. Repite y luego vuelve todo a la cacerola.
Cocina la crema. A fuego bajo, revolviendo sin parar, cocina de 6 a 8 minutos hasta llegar a 82–84 °C (cubre el dorso de la cuchara). No dejes que hierva.
Añade el praliné. Cuela la crema sobre la pasta de praliné y mezcla con batidora de mano hasta integrar.
Enfría. Enfría sobre un baño de agua con hielo, cubre con film en contacto con la superficie y refrigera al menos 4 horas.
Congela. Bate en la máquina de helados 25–30 minutos. Al final, añade el crocante picado y pasa a un recipiente para endurecer 2 horas en el congelador. Sin máquina: congela en un recipiente bajo y bate con tenedor cada 45 minutos durante 3–4 horas, añadiendo el crocante en el último batido.
Sirve. Saca del congelador 10 minutos antes de servir.